Hasta hace relativamente pocas décadas, el medio ambiente no era una problemática en la mentalidad de las personas ni de los gobiernos. Todavía no nos dábamos cabal cuenta de las consecuencias negativas inminentes que nuestro modo de vida tenía sobre el ambiente.
La cuestión empezó a ser un tema de agenda política recién en la década del 70, y sobre todo a partir de los 90s. En aquéllos años se hablaba de prevenir daños “a las próximas generaciones”. Hoy en día, el mundo global es plenamente consciente de que la cuestión ambiental es un problema urgente y que compete a todos, particularmente a la industria de la
construcción y sus tecnologías. Sin embargo, “del dicho al hecho” hay un trecho al parecer larguísimo, que tiene que atravesar el complejo obstáculo de nuestros prejuicios y malos hábitos.Un claro ejemplo de ello es el escaso uso de las terrazas verdes como tecnología constructiva, en comparación con sus bondades.
Las “terrazas verdes” son aquéllas que se construyen de manera tal que puedan sostener un sustrato de suelo que permita el crecimiento de plantas, sea como jardín con césped, plantas y el uso propio de un patio; o como un espacio simplemente de cubierta con plantas.
Podríamos clasificar algunas de sus muchas ventajas de la siguiente manera:
1)Beneficios ambientales en general: moderan el impacto de la construcción en cemento, aumentando las superficies verdes que producen oxígeno; ayudan a disminuir el efecto invernadero.
2)Beneficios ambientales para la ciudad: disminuyen el efecto “isla caliente”; aumentan la superficie verde que actúa como esponja de las lluvias, evitando el colapso de desagües pluviales.
3)Beneficios para los usuarios: permiten una mejor aislación térmica, ahorrando consumo de energía; brindan mejor aislación sonora; constituyen un nuevo espacio utilizable, que mejora la calidad de vida a cambio de un mantenimiento relativamente económico.
Así considerado el tema en abstracto, cuesta entender por qué su uso es tan excepcional. Algunos podrán aducir el temor a la aparición de humedades en cielorrasos u otros problemas menores, que por otra parte ya tienen en el mercado soluciones tecnológicas más que satisfactorias. A nuestro entender, la cuestión pasa más que nada por los prejuicios de un mercado demasiado conservador, como es el
mercado inmobiliario. Mucha gente, constructores y compradores, valoran más como “amenity” de un edificio una piscina, o un gimnasio, espacios que tienen un uso mucho más acotado y reducido, y por otro lado son más onerosos, tanto para construirlos como para mantenerlos.
En definitiva, revertir esta tendencia, y darle una mano al ambiente (¡y a nosotros mismos!) con nuestros modos de
construir depende de todos los actores de esta actividad: los arquitectos, constructores y
desarrollistas en sus propuestas; los compradores en sus elecciones; las autoridades de aplicación en sus regulaciones. Incluso la mayoría de los
edificios ya existentes podrían adaptar sin mayores problemas sus terrazas a esta tecnología.
“La cuestión ambiental es un problema urgente que nos compete a todos”. Fácil decirlo, fácil también empezar a cambiar.