La gravedad de la crisis ambiental mundial como consecuencia del uso desenfrenado de combustibles, y la subsiguiente degradación climática, con el efecto invernadero a la cabeza de las consecuencias inmediatas y la pérdida de calidad de vida como consecuencia ulterior, debería hacernos reflexionar sobre las tecnologías constructivas y los criterios arquitectónicos y ambientales puestos en juego en el
diseño y concreción de los
edificios.
El dióxido de carbono (CO2) es el alimento aéreo de los vegetales: el exceso va a parar a la atmósfera propiciando su recalentamiento. El uso de
ladrillos de adobe en gruesos muros nos permite cazar dos pájaros de un tiro. Uno, es la acumulación de calor en su gran masa para su uso en invierno, y una barrera al paso del calor en verano. El otro pajarraco es el mentado CO2 que no producimos por el simple expediente de ¡no quemar los ladrillos! ¡No agregamos CO2 a la atmósfera y como bonificación, preservamos nuestros depredados bosques! Además podríamos usar el menor costo del ladrillo de adobe e invertirlo en más ladrillos para
construir muros térmicamente más inertes que disminuyen el consumo de energía convencional. ¡Negocio redondo!
Gracias a una tecnología sencilla y barata que consiste en acristalar un grueso muro orientado al norte (en nuestro hemisferio) y crear así una zona de efecto invernadero controlable por pequeños ventanucos, el muro oficia de acumulador de calor, la vidriera deja pasar los rayos de sol de alta energía pero frena los infrarrojos provenientes del muro caliente, aumentando más su temperatura. Los ventanucos permiten según su posición, la circulación del aire caliente desde abajo hacia arriba en el espacio muro-vidrio y dirigirlo al interior en invierno, y al exterior en verano, refrescando en este caso al muro. No hay piezas móviles, no hay gasto de energía convencional, sólo la administración de la energía solar. Este dispositivo se conoce como muro de Trombe-Michel, el primero ingeniero, el segundo arquitecto, quienes lo crearon.
Hasta aquí la ciencia. El otro aspecto destacado es la calidad plástica que permite la
construcción con ladrillos de adobe. Y esto es un estímulo para los arquitectos que son capaces de proyectar algo más que un edificio utilitario, o unos cuantos metros cuadrados cubiertos, es decir, algo más, que puede llamarse con toda justificación, el arte de proyectar y construir. Nuestras comarcas serranas y los extramuros de la ciudad se verían con un plus de encanto visual aportados por el talento y la creatividad de nuestros arquitectos.
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